Fin de semana en Marrakech

Llevaba posponiendo este post durante algún tiempo porque describir Marrakech con palabras no es tarea sencilla. Marrakech hay que olerla, hay que saborearla, hay que tocarla; en definitiva hay que vivirla.

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Marrakech fue el destino elegido para pasar un par de días de desconexión en pareja, algo que no habíamos hecho en mucho tiempo y que sin duda se agradece. Elegimos el bonito Riad Matham para alojarnos y sin mucho más en mente ni planeado pusimos rumbo a la llamada «ciudad roja».

Para los que no hayáis estado nunca en Marruecos preparaos para un choque cultural importante nada más llegar, se acabaron las reglas, aquí se vive en un caos con encanto. Los carros tirados por burros circulan a la par con carrozas, taxis y peatones cruzando por cualquier lado; pasada la impresión inicial se empieza a apreciar la esencia de esta bonita ciudad.

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Lo primero que hicimos después de dejar las maletas en el Riad fue pasear por las calles de la Medina para tener un primer contacto con Marrakech. Sus callejuelas con paredes desconchadas en tonos melocotón, sus pasadizos sin salida, las puertas desiguales y los negocios que sin pretenderlo desprenden encanto por sus cuatro costados hace que te adentres en un gran laberinto.

Al cabo de un rato entendí la insistencia del personal del Riad sobre cuáles eran los puntos de referencia para no perderse, de hecho, nos perdimos unas cuantas veces ese día. Y algo que aprendimos también es que nadie ofrece guiarte a un sitio sin nada a cambio. Después de mi cabreo inicial me di cuenta que la ciudad vive del turismo y que perderse forma también parte de la experiencia marrakechí.

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Pasear por la Medina es toda una explosión para los sentidos, sobre todo por la forma que tienen de vivir comparándolo con nuestras costumbres occidentales. Aquí el pollo se expone y se compra vivo, la cocina sale literalmente a la calle y puedes oler el cordero asado desde cualquier esquina; las especias decoran las plazas y las llenan de aromas, y el pan se vende recién horneado en pequeños puestos móviles. La comida aquí se toma muy en serio.

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Una de las cosas que más me gustan y me fascinan cuando viajo son los mercados, me encanta visitarlos! En ellos puedes descubrir pequeñas esencias de la ciudad, por no decir lo fotogénicos que son. Descubrimos este pequeño mercado al aire libre en el que tenían un montón de verduras dentro de cajas de madera antiguas, como los limones típicos de Marruecos con los que cocinan el Tajine de poulet au citron confit et olives que cenamos una noche en el Riad Matham y me volvió loca..mmm!

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A la mañana siguiente, y después de desayunar tranquilamente, decidimos salir a explorar el Zoco y la Medina cuando aún estaba despertando. El barullo y el gentío que normalmente caracteriza al Zoco desprendía tranquilidad a esas horas.

Cada momento de día es diferente en Marrakech. El ritmo pausado de sus mañanas contrastan con el bullicio cuando cae el sol.

Paseamos relajadamente por estos callejones cuando los comerciantes empezaban a abrir sus tiendas, mientras los rayos de sol se colaban por las ranuras de los tejados y se podía ver el vapor humeante de teteras.

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Llegamos hasta el Zoco de los Tintoreros donde los hilos de lana teñida cuelgan de cada rincón inimaginable creando todo un espectáculo de color.

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A medida que el Zoco fue abriendo sus puertas nos pasamos horas paseando entre sus miles de puestos, aquí se puede comprar absolutamente de todo, siempre y cuando uno sea bueno con el tema del regateo. Como ya os conté aquí mi objetivo era conseguir una alfombra Beni Ouarain, pero perfectamente me hubiera llevado unas cuantas cosas más.

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La plaza Djemaa el-Fna es todo un espectáculo en si misma, es imprescindible pasear a diferentes horas del día para ver como va cambiando. Aún me parece increíble que monten y desmonten los puestos de comida cada día!

Por el día se puede disfrutar de un zumo de naranja natural mientras ves a bailarines, encantadores de serpientes o tatuadoras de henna; y al caer el sol montan decenas de puestos donde comer carne o pescado a la brasa. Una de las tardes decidimos cenar en la plaza ya que no puedes irte de Marrakech sin vivir esta experiencia.

Después de haber leído algún comentario recomendando el puesto 31, allá que nos sentamos junto a la gente local. Pedimos unas salchichas y pinchos morunos a la brasa acompañados de unas ricas aceitunas y salsa de tomate para mojar el pan. La verdad es que estaba todo riquísimo y baratísimo, aunque sin duda lo que hace que sea especial es ver la atmósfera que se crea en la plaza, el humo que sale de las cocinas, los olores y el poder disfrutar como un local más.

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Nuestro último dia aprovechamos para visitar los jardines Majorelle, con ese precioso azul cobalto y amarillo de fondo y otros imprescindibles como el Alminar de la Koutoubia o el Palais de la Bahia.

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En definitiva, Marrakech es una ciudad para vivirla sin prisas, para descubrir y fotografiar cada rincón y saborear su deliciosa gastronomía. Un plan perfecto para una escapadita en pareja.

Me quedé con las ganas de ir a Essaouira y comprar fundas de cojines 🙂 asi que ya tengo excusa para volver.

Feliz viernes!!